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En 2007, dentro del marco de Dialogue Cinema (encuentros con cineastas celebrados en el madrileño cine Golem de Martín de los Heros), tuve la oportunidad de coordinar un monográfico dedicado a Jesús Franco, que viajó a Madrid para charlar con el público asistente. En ese coloquio, Franco aseguró que el personaje del “zombi” le parecía, junto con el de hombre-lobo, uno de los más estúpidos de los que conforman el bestiario cinematográfico. Y añadió que, en todos sus terrores con zombis –caso de “La tumba de los muertos vivientes” (1983), por ejemplo– nunca supo cómo hacer para que estos no se manejasen como meros peleles. Quien escribe estas líneas, presente aquella noche al lado de Jesús Franco, se sintió algo ofendido ante su primera afirmación, porque uno tiene cierta predilección por el zombi y hasta prefiere su rostro agusanado a la hermosa palidez del vampiro que Jess idolatra.

Y es que, ¿quién no ha caminado por un cementerio temiendo la resurrección de muertos hediondos? ¿Acaso ninguno de vosotros ha creído ver en un camposanto a un zombi en el lugar de un hombre solitario? ¿No es más cierto que, de espaldas a una tumba, es muy posible sentir una mano trémula acercarse a nuestro hombro? Al menos el autor de estas líneas, que ha paseado por muchos cementerios, ha creído ver en todos ellos –puedo jurarlo sobre el “Necronomicón”— a uno o dos muertos vivientes, si bien quizás no se tratasen sino de enterradores o visitantes afligidos. Sea como fuere, el zombi, la imagen más cercana a la muerte que pueda presentarnos el cine, entusiasma a millones de personas en todo el mundo, entusiastas que son capaces de participar, vestidos a imagen y semejanza del cadáver, en algunas de las Zombie Walk celebradas en ciudades tan variopintas como Sao Paulo, Helsinki, Barcelona o Madrid.

Ahora Scifiworld quiere repasar parte de la historia cinematográfica de un personaje que nos ha fascinado desde siempre porque, en verdad, todos y cada uno de nosotros perteneceremos algún día a su gremio.

EL VUDÚ REANIMADOR DE MUERTOS

reportaje zombies zombies en el cine
“Esta es mi tumba. Aquí me enterraron. Me metieron en esta tumba. Yo morí el tres de mayo de 1962 y fui enterrado al día siguiente. Estuve dos días sepultado; luego vinieron a buscarme. Me dijeron ‘levántate’ y yo me levanté y salí de la tumba contestando a los que me llamaban”. Estas son las palabras del negro Clarvius Narcisse, el más popular de los “zombis” (si dejamos a un lado al mismísimo Jesucristo) y uno de los casos más documentados de la historia/leyenda haitiana de la resurrección de los muertos a través del vudú. Su hermana, Angelina Narcisse, se lo encontró deambulando por el pueblo de l’Estere después de haberle dado sepultura 18 años atrás. En ese sorprendente encuentro, Clarvius le dijo que se acordaba de la noche en la que lo enterraron y de todo lo acontecido antes y después; que pudo oír cómo le amortajaban y cómo le introducían en la fosa. Así, Angelina pudo saber que su hermano había trabajado todos esos años como esclavo en una plantación y que, una vez fallecido su “amo”, había quedado libre. La historia de Clarvius Narcisse, difundida en los años 80, fue investigada por Wade Davis, antropólogo y etnobotánico americano y autor de “The serpent and the rainbow”, ensayo polémico publicado en España con el título de “El misterio zombi” y adaptado al cine en 1988, bajo su nombre original, por Wes Craven. La película “La serpiente y el arco iris” (The serpent and the rainbow) supone la mejor de las producciones sobre zombis “reales” que se hayan rodado nunca y una de las obras más correctas de su sobrevalorado director a pesar de contar con excesos que chocan con el carácter cuasi-documental del resto del relato.

Gracias al trabajo de Davis, hoy conocemos algunas de las particularidades del proceso de zombificación, una de las cuales es fundamental para desacreditar cualquier alusión sobrenatural: la sustancia que provoca la “muerte”. El poudre, o polvo zombi, como se le ha venido llamando, no es sino una pócima química, entre cuyos componentes se encuentra una potente toxina del pez-globo, que hace que una persona entre en un estado momentáneo de muerte aparente. Una vez enterrado, el brujo lo saca de la tumba y, a partir de entonces, pasa a formar parte de una legión de esclavos al servicio de un individuo sin escrúpulos, tal y como ocurre en la que es considerada la primera película sobre zombis: “La legión de los hombres sin alma” (White zombie, 1932).
zombies ossorio the carpenter
Dirigida por Victor Halperin sobre una historia de Garnett Weston, “La legión de los hombres sin alma” es un clásico blanquinegro del horror producido por los hermanos Halperin aprovechando el éxito reciente del “Drácula” de la Universal, de la que tomó protagonista y recicló algunos escenarios. “La legión de los hombres sin alma” retoma la idea del “muerto” esclavo que es manejado por un brujo, en este caso Murder Legendre (un Bela Lugosi que volvería a crear zombis en el “Voodoo man” de 1944, de William Beaudine). Aquí no hay muertos vivientes fantásticos, sino hombres despojados de su voluntad por la magia de Legendre; seres humanos que se dejan llevar por su amo como si no tuvieran alma (el título en español es un hallazgo). Pero si la película de Halperin suposo el pistolezado de salida para el personaje (aunque, como apuntan algunos investigadores, el Cesare de “El cabinete del doctor Caligari” podría ser un claro precedente), el zombi más famoso de los que conociera el cine en sus primeras décadas no es sino el enorme negro de “I walked with a zombie” (1943), el clásico dirigido por un mago de la sugerencia, Jacques Tourneur, inspirándose en el relato homónimo de Inez Wallace y que narra el encuentro de una mujer de ciencia con las más ancestrales y macabras tradiciones caribeñas. La aparición en pantalla de este zombi altísimo, con el rostro petrificado y la mirada artificial, representa un momento antológico dentro del cine de miedo.

Años más tarde, la mítica Hammer, con su única incursión en el subgénero, “La plaga de los zombies” (The plague of the zombies, 1966), de John Gilling, mantuvo el vudú como elemento de transformación y la esclavitud como objetivo para unos revividos que ahora sí están realmente muertos. De “La legión de los hombres sin alma” a “La noche de los muertos vivientes” pasaron más de 30 años en los que el zombi fue tratado de muy diversas formas, en algunas ocasiones cercanas a la idiosincrasia (si es que se puede emplear este término) de la que le dotaría George A. Romero. Entre estas películas destaca la hoy conocidísima “Plan 9 from outer space” (1959), de Ed Wood, donde la recientemente fallecida Vampira y el robusto Tor Johnson surgen de un cementerio de cartón piedra con lentos andares y brazos rígidos, rasgos prototípicos que se suelen utilizar en cualquiera de las parodias del zombi.

Y ROMERO CREÓ AL ZOMBI ANTROPÓFAGO

zombies george a romero zombi george romero
“Survival of the dead” (2009) incomprensiblemente sin fecha de estreno en España, y “El diario de los muertos” (Diary of the dead, 2007), su anterior título, solo editado en dvd, son laa últimas incursiónes en el personaje de un director fundamental en el subgénero: el maestro George A. Romero, verdadero padre del zombi. Ni “Survival of the dead” ni “El diario de los muertos” son una continuación de su famosa saga, sino unos títulos aparte, incluso “Diary” se adentra en los terrenos del falso documental, emparentando su estilo con el de unas películas españolas coetáneas, la saga “REC” de Jaume Balagueró y Paco Plaza, donde, por cierto, no hay zombis. La verdadera historia del zombi puramente cinematográfico se remonta cuarenta años atrás, a 1967, cuando George A. Romero y John A. Russo, que en aquel entonces trabajaban en la empresa Latent Image, se encontraban comiendo juntos y el segundo tuvo la ocurrencia de proponer una reunión de diez personas, entre las que estarían ellos dos mismos, para, con 600 dólares por cabeza, rodar una película del género que fuese. Una vez aceptada la propuesta se impuso el terror y se eligió “Monster flick” como un título inicial que acabaría desbancado por el que hoy todos conocemos.

En “La noche de los muertos vivientes” (Night of the living dead, 1968), Russo y Romero perfilan las características básicas del nuevo zombi, no más que una variación de las del haitiano: muertos que regresan a la vida con andares renqueantes, rasgos evidentes de putrefacción y un instinto animal que los lleva a atacar a los seres humanos para alimentarse de su carne. No son caníbales, pues no se comen entre ellos, pero sí son antropófagos, devoradores de hombres que pueden volver a morir si se les destroza el cerebro. La genialidad de la película, y de toda la saga, es que los verdaderos monstruos no son siempre los zombis, sino los seres humanos, capaces por sí solos de generar los más aparatosos conflictos. A Romero le gusta encerrar a sus personajes –sólo en la cuarta entrega saldrán al exterior– para que surjan así todas sus debilidades, y en este sentido “La noche de los muertos vivientes” es la más pesimista con el ser humano. No hay héroes, ni siquiera lo es Ben, el personaje interpretado por Duane Jones, quien en muchas ocasiones raya la tiranía. En contraste con el insoportable Harry Cooper (Karl Hardman), que, aunque nos cueste creerlo, reacciona de una manera harto comprensible en una situación extrema (o sea, “sálvese quién pueda”), Ben parece el personaje más heroico, pero el devenir de los hechos lo lleva a sobrevivir refugiándose en el sótano que tanto defendía su oponente y que él rechazaba con energía. Y Romero castiga su soberbia con una muerte final del todo sarcástica: ha sobrevivido al horror toda la noche y muere con una bala en la frente, al confundírsele con un zombi cualquiera en una cacería humana más horrible que la que practican los irracionales revividos. En 1990, Tom Savini rodó “La noche de los muertos vivientes” (George Romero’s night of the living dead), un remake a color que no desmerece del original y que presenta algunas notables e interesantes variaciones. Por cierto que, a pesar de que Savini es un mito del maquillaje especial, no dedica especial atención al gore.
la noche de los muertos vivientes dawn of the dead
No obstante, y aunque ya quedan claras las señas de identidad del zombi romeriano, influenciadas también, como se ha dicho en numerosas ocasiones, por los vampiros de “L’ultimo uomo della terra” (1964), de Ubaldo Ragona y Sidney Salkow, no sería hasta la primera secuela, “Zombi” (1978), cuando, ya provista la historia de color, se le pueda ver en su máximo esplendor pútrido. El argumento de “Zombi”, en cuya producción participaron los hermanos Claudio y Dario Argento, se sitúa en un momento de crisis mundial ante la creciente plaga de los zombis. Así lo atestiguan los acalorados medios de comunicación y las misiones de los miembros de seguridad para atajar la situación a fuerza de munición. Así, en medio de este desbarajuste, cuatro personajes, tres hombres y una mujer, consiguen montarse en un helicóptero con la idea de huir a un lugar seguro. En el trayecto aterrizan en la azotea de un centro comercial que se convierte en marco de toda la acción restante y en símbolo del consumismo más demencial (los zombis, como reflejo de lo que fueron, pululan de un lado a otro cogiendo cosas sin ton ni son… ¿No actuamos así nosotros en cualquier supermercado?). “Zombi” es menos negativa que su antecesora y salva a dos de los cuatro protagonistas, todo un logro si tenemos en cuenta que en “La noche de los muertos vivientes” no vivió ni el apuntador. En esta primera secuela, el zombi ya toma color – muy verdoso, eso sí– y adquiere mayor personalidad, pues comienzan a aparecer en su caracterización elementos de su vida anterior. En el fondo no son sino individuos cuya identidad ha perdido valor dentro del colectivo; una lectura social más que hace referencia a la absorción del individuo por el grupo o a lo que se pude llamar borreguismo de la masa.

ZOMBIE EVOLUTION: DEL VUDÚ A LA ANTROPOFAGIA-ÍNDICE

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José Manuel Serrano Cueto 17 | 08 | 2010