Si seguimos la ley no-escrita de algunos medios especializados en videojuegos con respecto al tratamiento de títulos que se salen de la norma, es decir, probarlos unos cinco minutos y extraer de ello un análisis de tres páginas con nota incluida, MineCraft se llevaría suspensos a mansalva… aunque el hecho de que NADIE -según MetaCritic- haya analizado esta joya indie ya viene a indicarnos lo bien que funciona nuestra querida especialización “periodística”. Los primeros cinco minutos de MineCraft son confusos y, sobretodo, desalentadores para aquellos usuarios que se decidieron a pagar por él después de ver centenares de vídeos en Youtube que muestran a sus usuarios construyendo arquitecturas complejas, edificios imposibles o huevos de pascua cimentados con una facilidad pasmosa.

Al empezar, el novato se halla ante un aleatorio mundo pixelado con una barra inferior que hace las veces de inventario y una mano que necesita urgentemente ser examinada por un médico. ¿Dónde está el resto de jugadores? ¿Y la mano de obra? ¿No hay un tutorial encubierto o algo así? “Pues nada, ya que hemos pagado, vamos a echarle un vistazo antes de regresar al Team Fortress 2″. En mi caso, e impulsado por la frustración, empecé a pegar un árbol, como si éste hubiese sido la menta malévola que había ideado tamaña estafa. Pocos golpes injustificados después, el árbol se rompe, me caen encima unos cubos extraños y de repente tengo madera. Levemente sorprendido, amplio mi venganza hacia otros objetos elementales: piedra, hierba, arena… pero el proceso era lento y tedioso. Había llegado el momento de implementar la revolución industrial en MineCraft.

Los materiales pueden combinarse entre sí en un simple menú formado por huecos vacíos y una pantalla anexa donde se muestra el resultado de la alquimia casera. Dos palos y tres piedras me permitieron construir un pico simple que no duraría demasiado, así que debía sacarle rendimiento para crear más y mejores picos con el nuevo material que extrayese. Empezaba a entender que había caído en una especie de mundo Lego cuyas piezas se habían juntado por voluntad propia. Mi función en este lugar era adueñarme del orden establecido. Pero hay una gran diferencia entre Lego y Minecraft: hasta la fecha, ninguno de mis Legos ha intentado matarme.

Diez minutos después de iniciar mis andaduras -el doble de lo que tardaría un experto en sacar conclusiones-, el sol empieza a ponerse en el horizonte. Cae la noche, pero no una noche constituida por un burdo cambio de paletas cromática, no: es la oscuridad total. La pantalla se apaga, y empiezo a escuchar nuevos ruidos. Algo se aproxima. Hay sombras que no consigo asociar con objetos cercanos. De repente, mis movimientos dejan de ser arbitrarios para tomar un cariz ominosamente decisivo. O construyo un refugio o no viviré para ver el alba.

Edifico un muro sencillo de cinco por cinco bloques de piedra. El ocaso está a punto de finalizar y me cuesta ver lo que estoy haciendo. Empiezo a combinar objetos al azar y consigo fabricar un par de antorchas que cuelgo en los extremos del muro. Las tímidas llamas de la esperanza me permiten continuar con la construcción de la casa aunque ya haya caído la noche. Otro muro. Y otro. El último. Dos huecos simples en el primer muro me permiten entrar en la salvación oscura, pues no contaba que el interior del refugio también necesitaba iluminación. Nada que no puedan solucionar unos cuantos palos y polvo rojizo.

Pocas veces me he sentido tan orgulloso de mi mismo con algo tan simple como cuatro paredes más o menos posicionadas. Me encontraba a salvo hasta que empezase un nuevo día… o quizás no. ¿Qué ha sido ese ruido? ¿Es el crepitar de las antorchas? ¿Viene del horno casero que acabo de construir mediante prueba y error? No. Viene de fuera. Algo está rodeando mi casa. En ese momento me doy cuenta que no sé cómo son los enemigos en MineCraft. Ni sus ataques. Desconozco si saben subir escaleras, pero de repente me entran ganas de pasear por el tejado.

La escalera es tosca y casera, y la entrada al tejado no es más que dos golpes de pico bien dados. Una vez arriba, mis dudas se consolidan: una figura sombría, “zombiesca”, está dando vueltas a la construcción, siguiendo mis pasos. Da comienzo una persecución recíproca: le sigo para ver si hay suerte y las antorchas le iluminan para ver su aspecto, y él me sigue por motivaciones insidiosas. La paranoia se une a la escena “a lo Benny Hill” y decido tapiar el hueco del tejado por si acaso. En ese momento escuchó una suerte de explosión y al regresar al borde de la azotea compruebo que el enemigo misterioso ha desaparecido.

Tras pasar toda la noche en vela, el amanecer se lleva consigo todo rastro de terror. Al descender, descubro que el muro orientado al este -siguiendo la posición solar- ha sido prácticamente destruido junto al suelo colindante, revelando una caverna de proporciones enigmáticas. ¿Fue el enemigo quien hizo el socavón? ¿Está relacionado con la explosión de anoche? ¿Qué misterios se ocultarán en la cueva? Sin ni siquiera darme cuenta, MineCraft ha presentado parte de sus mecánicas -artesanía, construcción…-, objetivos -sobrevivir por la noche- y enemigos -el temible Creeper- de una forma natural, sin tutoriales, textos o famosillos doblando al narrador. Lo mismo ocurrirá con el resto de elementos: explosiones, trampas, espadas, tesoros, arañas, armaduras, minas, vagones, lava, cristal, ¡incendios!, comida, animales, raíles… Todo está ahí, esperando a que el usuario los descubra y explore sus posibilidades a su ritmo.

¿Por qué MineCraft tiene tanto éxito en la comunidad de jugadores? Porque es un generador de historias.
Porque es el sandbox definitivo; o mejor dicho: un allbox literal que echa por tierra cualquier título de Rockstar y similares. Construir, sobrevivir, explorar, auto superarse, molestar… todo vale en este título.
Porque con tan sólo 12 bloques diferentes y otros pocos enemigos, su creador, Markus Persson, creó una vida alternativa fascinante.

¿Por qué los medios de comunicación especializados han fracaso en anticiparse a esta nueva tendencia indie? Porque se necesitan más de cinco minutos para descubrir sus encantos.

Daniel Cáceres 02 | 03 | 2011