Resulta curioso comprobar cómo se ha modelado el género RPG en los últimos años, donde tecnología y herramientas de desarrollo cada vez más potentes, han permitido incluir sustanciales mecánicas jugables para enriquecer soberanamente la experiencia, en detrimento de otros valores hoy en desuso. Las barreras del convencionalismo se han diluido lentamente, para que el jugador interprete un rol más variado que el simple “dungeon crawling”, reiterados sistemas de combate por turnos, o evolución solo basada en aumentos de probabilidades y valores inocuos.

Ahí estaban precursores como Ultima Underworld o Landsof Lore en compatibles, augurando hace ya casi dos décadas, que para asumir un papel virtual más completo era necesario romper las barreras establecidas, una tímida revolución por aquel entonces que otros grandes se han encargado de mantener con vida, como el icónico Deus Ex que en breve contará con una secuela a la altura, o la saga The Elder Scrolls, cuya quinta entrega se encuentra planeada para finales del presente año.

SUPREMACÍA OCCIDENTAL

Tengo la suerte de haber vivido todo el apogeo del llamado JRPG, cuyo auge se desató a mediados de la generación de los 16bit, vivió en todo su esplendor un “leap-ahead” posterior y comenzó a caer en picado a los 128bit, a base de repetir fórmulas, tópicos y clichés hasta la saciedad. No voy a negar que he saboreado los mejores exponentes del género durante todo estos años, que fueron saliendo del país del sol naciente para alegría de los ávidos jugadores de la época -y cuántos se quedaron sin salir, con la barrera idiomática como principal muro ante la importación-, pero tras más de diez años de salvar el mundo de malvados megalómanos, casi siempre despertando cual inmaduro y profético zagal en una pequeña aldea más cien mil combates por turnos mediante, mis ánimos junto a los de occidente acabaron por decaer.

¿Qué le ha ocurrido al rol japonés para que se haya convertido en un género minoritario a día de hoy? Pues ni más ni menos que un exceso de conservadurismo, con evoluciones completamente previsibles y relegándose al sector portátil con tal de evitar cualquier riesgo innecesario, tanto a nivel creativo como económico. El miedo al cambio de la industria del videojuego japonés ha desembocado en un paulatino rechazo por parte del consumidor en el otro extremo del planeta, al que no le apetecía otra generación con clones de éxitos pasados, en lugar de subirse a los cambios de tendencia y evolución general de los jugadores. Sólo grandes y consagradas franquicias se han atrevido a dar el paso tímidamente y con resultados dispares como Final Fantasy, mientras que su otrora creador, Hironobu Sakaguchi, ve como sus nuevas IP tales como Lost Odyssey, Blue Dragon o el más reciente The Last Story, son recibidas con una discreción que no hubiera ocurrido diez años atrás.

Que me perdone el apasionado del JRPG a día de hoy, pero la evolución entre rol occidental y oriental es patente y palpable es estos días, precisamente por la capacidad de los estudios americanos y europeos de incluir nuevas variantes a nivel técnico y jugable, además de reciclar la experiencia completamente. Si las últimas corrientes han implantado la moda del shooter o el Hack ‘n Slash entre tantas otras, ¿por qué no introducirlos en una apasionante historia, desarrollada en base a nuestros actos y consecuente con las decisiones que tomemos? ¿Por qué no exprimir la tecnología a fondo y diseñar entornos ricos en matices, generosos en tamaño y perfectamente integrados en el contexto? Y ahí es donde reside el encanto del RPG occidental: un equilibrio excelente entre tendencia, creatividad y demanda de los usuarios.

BIOWARE, PUNTA DE LANZA

Puede que esta empresa canadiense sea la que lleva la batuta en cuanto a desarrollos occidentales del género, y marca el compás a día de hoy sobre cómo crear una nueva franquicia, y convertirla en un inmediato éxito de crítica y público. Algo que llevan haciendo desde que lanzaran el primer Baldur’s Gate, lidiando con maestría la capacidad de relanzar una fórmula propia completamente renovada como es su actual heredero espiritual, Dragon Age, o fusionando géneros para dar vida a una de las franquicias de mayor renombre de la generación: Mass Effect. Con éste último, Biowareha consolidado su experiencia como creador de aventuras de corte futurista, precedido por las sobresalientes entregas de Knights Of The Old Republic, con una galaxia gigantesca para explorar y miles de elementos en juego.

Y, sin embargo, la grandeza de Mass Effect reside tanto en la increíble y épica historia que se cuenta, así como en la manera en que ésta se desarrolla. En medio de ese contexto, el jugador se desenvuelve mediante acción encarnizada y a base de puntería, todo aderezado con toques de estrategia para los compañeros NPC controlados por la inteligencia artificial del juego. Cierto es que la primera entrega tiene unos comienzos un tanto durillos, pues la primera impresión es la de no acabar de estar jugando ni a un shooter, ni a una aventura, ni tan siquiera a un RPG, pero cuando todo empieza a encajar, uno descubre que cada parte del conjunto está formado por una serie de elementos bien engranados.

Todos estos aspectos se potencian en Mass Effect 2, título disponible a día de hoy para todo usuario de compatibles, Xbox 360 y PlayStation 3, por lo que no hay excusa para perderse semejante maravilla amén de esperar con ansias su tercera entrega. Por suerte, Japón está descubriendo las bondades de este tipo de mixturas, como el magnífico y convenientemente occidentalizado Demon´s Souls de From Software, a lo que se une toda enorme competencia dispuesta a desarrollar más y mejores títulos para gloria y gracia del género. El RPG está viviendo una nueva época dorada a día de hoy, debería ser delito perdérsela.

José Luis Fernández 09 | 02 | 2011