Considerar a Fallout: New Vegas como mi juego favorito del año tiene razones tanto objetivas como subjetivas. Hace dos años Bethesda Softworks resucitaba una de las franquicias más importantes de la industria, y lo hacía conservando ese universo de antaño pero complementándolo con algunas nuevas licencias que han hecho innovar a la serie. Se optó por crear un FPS con tintes de RPG que gustó tanto a los jugadores clásicos como a las nuevas incorporaciones. Fue un título enorme con una majestuosidad en contenido que se situaba entre lo inabarcable y lo sublime. Lograba sumergir al jugador en una aventura a semejanza de las decisiones morales del usuario. Eso era Fallout 3.

Contar tan pronto con otra entrega de Fallout ha sorprendido a la crítica y audiencia, pero a la vez ilusionando con ir aún más lejos. El nuevo Fallout: New Vegas no ha defraudado en absoluto, sino todo lo contrario. El trabajo de Obsidian, con integrantes de los Fallout originales en sus filas, ha sido excelente, conservando todos los puntos fuertes de su antecesor, potenciándolos y resolviendo ciertas carencias que ha dado como resultado un Fallout hipervitaminado al servicio del jugador.

Es evidente que uno de los apartados más criticados de estas recientes entregas es el aspecto gráfico, pero el motor Gamebryo (Oblivion, Fallout 3) se merecía una oportunidad de despedirse a lo grande. Cierto, se ha quedado pequeño para las ideas del universo Fallout, pero ha conseguido condensar toda esa calidad y formar una atmósfera irrepetible. Situar sobre un mapa ingentes localizaciones, cientos de personajes y miles de enemigos con patrones propios es un trabajo digno de mención. Además, ahora con el post-lanzamiento, tanto Obsidian como Bethesda están solucionando rápidamente ciertos bugs, además de ofrecernos nuevo contenido adicional de calidad como Dead Money.

Fallout: New Vegas supera a su antecesor, y eso son palabras mayores. La esencia del título, ese alma que emana en su código, ejemplifica su contundencia y naturalidad que pocos juegos saben “parir” en esta industria. En cierto modo es un título incomprendido por unos pocos, pero amado por la gran mayoría. La clave es saberse impregnar de la nobleza que desprende, y de esa exquisitez que baña un inolvidable renacimiento. Es uno de esos pocos juegos que perdura con el paso del tiempo y que nos pueden situar en un momento concreto de nuestra vida, y eso es quizás lo más importante por encima de virguerías gráficas: perdurar en el tiempo por sus ideas, por su contenido. El Olimpo de los elegidos siempre tendrá un hueco para este tipo de producciones, arriesgadas, precursoras y adelantadas, que dan un mayor sentido al arte electrónico presente en los videojuegos.

David Hernández 24 | 12 | 2010