Concurso Alan Wake

“Alan, despierta.” El eco de estas palabras chocaba incesantemente en sus neuronas. No podía hacerle caso. Su corazón latía enloquecido, su rostro estaba iluminado por el humo rojo de la bengala que acababa de tirar. La escopeta no tenía munición. La oscuridad se cernía sobre su cuerpo, penetraba en sus poros, lo hacía vulnerable, como un ciervo parado en la carretera que vislumbra por última vez el resplandor de unos focos. La eterna dicotomía entre el bien y el mal se manifestaba ante sus ojos: Los poseídos querían arrebatarle la luz. No quería pensar en nada y sin embargo solo podía pensar en una cosa: Alice. Quería salvarla, abrazarla, no darse la oportunidad de echarla de menos nunca más. Encontró una escopeta de caza, esta vez con munición. El recuerdo de su mujer le infundió valor: debía salvarla de la eterna noche que se cernía sobre su alma.

Acudió a su mente la noche en la que compartió con Alice el secreto del chasqueador mientras se acurrucaban en el sofá. No pudo más que sonreir ante ese recuerdo. Apretó el gatillo. Ese poseído no podría sonreír nunca más.

Sergio Melero 29 | 06 | 2010