A pesar de que este año 2010 ha tenido una cosecha muy interesante tanto en juegos con soporte físico como descargables -ahí está Mass Effect 2 del que nos habla mi compañero Rodrigo o Super Meat Boy-, mi apuesta personal recae sobre uno de los títulos que más obstáculos ha tenido que superar para convertirse en el, simple y llanamente, mejor videojuego del presente año. Estos impedimentos no son otros que representar una nueva licencia, algo que impide el éxito de muchos juegos hoy en día; ser protagonizado por una mujer peculiar que desprende exotismo y erotismo y, en primer lugar, pertenecer a un género con muchos y muy buenos representantes pero donde la innovación y el atrevimiento brillan por su ausencia. Entonces, ¿quién ha sido la dama que ha pateado el culo de todos los favoritos para llevarse el galardón del juego del año? En una palabra: Bayonetta.

Bayonetta representa parte de la esencia icónica perdida en la actual generación, una en la que dos capturas de pantalla de sendos shooter en primera persona tienden a fusionarse, pues no hay diferenciación que valga. El juego de Platinum Games, brillantemente dirigido por un nostálgico como es Hideki Kamiya ha supuesto un reconocimiento a muchos aspectos que, cada vez más, pasan a ser injustamente secundarios. La belleza que destila Bayonetta es única en su forma y en su desarrollo, pocas veces tenemos el placer de avanzar por escenarios con una estética tan descuidadamente perfeccionista. Los aspectos que hacen única la experiencia de jugar con Bayonetta recaen sobre cuatro pilares fundamentales:

En primer lugar, como hemos mencionado, cada detalle que rodea la producción, por minúsculo que sea, emana un mimo especial. El personaje principal, exuberante, con carisma innato y revolucionario en su desenvoltura juega con nosotros más que nosotros con él. Su aspecto, entre el inconfesable sueño húmedo de muchos y el estilismo tan, digamos, especial, refuerza su aspecto presumido y lujurioso. A diferencia de muchas heroínas pasadas, Bayonetta se sabe consciente de su poderío sexual y lo utiliza para sus propósitos. Inspira maldad, inteligencia, chulería y belleza. Todos los añadidos estilísticos con los que se adorna; los chupa-chups, los tacones-pistola o las gafas de pasta le confieren un aspecto único en los sobresaturados géneros audiovisuales actuales. Pero de nada serviría esta escultural sílfide que protagoniza la aventura sin los otros sustentos de esta magna obra.

Hay que recalcar como segundo elemento diferenciador el universo propio creado para Bayonetta, sus historias de odio y rivalidades y el “pasotismo” inspirador de la misma Bayonetta. Las calles y los escenarios, entre la iconografía medieval europea y las pesadillas orientales más recurrentes y “cute” o el aplastante diseño de los seráficos enemigos -más aún el de los jefes finales-, son únicos en su concepción y en el retorcido cambio de papeles, donde los ángeles se convierten en el enemigo a derrotar por una bruja infernal, la adalid salvadora de la humanidad. Como no podía ser de otra forma, la perfección de Bayonetta nace de su sistema de combate y desarrollo, bebedor de lo mejor de Devil May Cry, se convierte en un infinito plantel de posibilidades que deja en pañales lo ofrecido por todas las producciones hack’n’slash de la actual generación. Y recalco, todas. Como última baza de este cuarteto de magnificencias destaca el apartado sonoro, una muestra magistral de composiciones jazz, versiones de clásicos de Sega y acercamientos caradura a las pistas de baile más cool y sensuales para acabar de definir a un personaje ya mítico con ese aire especial que muchos otros intentan conseguir infructuosamente a lo largo de los años. Arrollador y sublime, en una palabra: Bayonetta.

Adrián Hernán 24 | 12 | 2010