Hace unos días Microsoft nos invitó a probar a fondo Xbox One. En una lujosa suite del hotel ME Madrid modernamente decorada en blanco y verde, los colores corporativos de la compañía de Silicon Valley, pudimos catar algunos de los primeros juegos que la acompañarán el día de su lanzamiento.

El futuro ya está aquí y una vez más siento que ha llegado demasiado pronto. ¿Evolución? Supongo ¿Revolución? Seguro que sí. Aunque quizás no en el sentido que esperábamos sino en el concepto, el papel de la videoconsola en nuestro hogar.
Me explico.

Xbox One junto con el mando.

En los tiempos de la MegaDrive y la Supernes uno tenía claro lo que podía esperar de una videoconsola. Esto es un aparato que sirve para jugar. Usted lo compra, le mete un juego y juega. Cuando se aburre, lo apaga y a otra cosa oiga. Ahora bien con el tiempo hemos visto a estos aparatos ir cada vez más lejos en su afán por llenar nuestras escasas horas de ocio. Primero nos permitían escuchar CD´s, luego empezamos a usarlos como vídeos para ver nuestros DVD´S favoritos, para terminar siendo auténticos centros multimedia, con nuestras fotografías y música de cabecera almacenados en su interior y la puerta del campo: Internet.

Ahora una avalancha de servicios de TV, redes sociales y cosas de la nube se cierne sobre nosotros como un tsunami de progreso que nos arrastrará con él lo queramos nosotros o no.

Oiga, pero se puede jugar con él ¿No? Bueno, si…

No me voy a poner en plan distópico a hablar de qué connotaciones tiene que la consola venga con Kinect obligatorio, ni qué Gran Hermano se escondería tras ese ojo biónico que constantemente nos está buscando para enfocarnos, medir nuestro tiempo de respuesta y velocidad de aprendizaje. Tampoco me preocupa que la consola entienda mis órdenes de viva voz. Esas parcelas de nuestra intimidad por fortuna aún están a salvo debido a que, de momento, se puede jugar con Kinect apagado. El día que me conteste, si me preocuparé.

Kinect de Xbox One.

No hablaré de las políticas de Microsoft, de su idea inicial de que los juegos ya no iban a ser nuestros sino una licencia de uso que los convertiría en intransferibles. No hablaré de noticias de ayer. Lo que si haré es preguntarme, preguntarles a ustedes ¿Es todo esto necesario?

Sí, es necesario, responderán al unísono. Sí, ¡doblemos el procesador! Sí ¡Dupliquemos su RAM! Sí, ¡Multipliquemos exponencialmente el número de polígonos en movimiento!

Y yo les contesto, de acuerdo, ¿Pero esto en qué se traduce? ¿Es que los juegos van a ganar solidez? ¿Es que el popping, el clipping y demás indecorosas palabras acabadas en “ing” van a desaparecer de nuestra vida, convirtiéndose en un mal recuerdo de tiempos pretéritos? Uno inocentemente piensa que sí.

En un mundo en el que las exclusividades duran lo que un suspiro. En un mundo en el que los videojuegos no se ven a 1080 píxeles reales en prácticamente ningún caso siendo el máximo estandarizado HD 720. En un mundo en el que cuando un juego va a 60Hz reales dan ganas de ponerle una vela a la virgen…

Qué sentido tiene una nueva plataforma para la cual programar sea el doble de trabajoso, que requiera el doble de texturas, si en la mayoría de los juegos, esos pequeños detalles se dejan al aire, muchas veces con bugs terribles. Objetos y texturas que desaparecen o cambian de golpe depende de dónde coloquemos la cámara o al personaje.

Xbox One

Últimamente hemos visto juegos de los que se esperaba mucho dejarnos a medias… Y eso en todos los sentidos en esta vida, es imperdonable. Me gustaría que la nueva generación se tradujera en juegos sin fisuras, sólidos, suaves y gráficamente a la altura del hardware en el que corran. Con estas esperanzas fui a la presentación dispuesto a dejarme maravillar por la nueva bestia de la tecnología que me aguardaba para mostrarme sus secretos.

Ahora vayamos al meollo de lo que fue jugar a los primeros juegos de Xbox One. Para ello creo que lo mejor es ir de lo general a lo particular.

AVANCE DE XBOX ONE-ÍNDICE

PÁGINA 1 – Introducción.

PÁGINA 2 – Conclusiones.

Jess Barbieri 04 | 11 | 2013