La sangre es la clave, Rick. No seas enclenque, deja de quejarte, ahora tu vida me pertenece, soy parte de ti. Yo te ayudo a rescatar a tu indefensa novia y tú me ayudas a mí. Me ayudas dándome ese placer de sangre, me ayudas a complacer mis ansías de muerte. Rick, dame litros y litros de ese líquido rojo mientras empalas, descuartizas y te manchas tus sucias manos de la pureza de mi locura.

NOSTALGIA GORE

Namco decidió enterrar una de sus series más polémicas ofrecidas en la industria del videojuego. Desde Splatterhouse 3 lanzado en Megadrive, la compañía japonesa dejó en el olvido a su abanderado en hectolitros de sangre. Cuando han pasado 17 años de ausencia, y con una nueva estructuración corporativa arropada ahora por Namco-Bandai, la serie regresa, con bastantes problemas en el camino, posibles cancelaciones y hasta cambio de estudio de desarrollo aunque, finalmente, llega a las tiendas esta nueva visión de aquellos tres primeros juegos en un pequeño homenaje que intentará volver a hacer temblar a todos los estómagos sensibles.

Splatterhouse es mal gusto, un mal gusto intencionado, y por eso gusta tanto. Sus continuas exageraciones de salpicaduras de sangre, amputaciones de miembros, empalamientos y vísceras bailando por la pantalla es algo tan grotesco que roza lo ridículo. Splatterhouse es un llamamiento al sentido del humor más macabro, un título que es y atrae porque no tiene pudor, expone violencia gratuita como vehículo a la diversión, y esto, tan gratuito, le ha hecho tan grande.

Como ya pasaba en los originales, que los tendremos en este Splatterhouse como contenido desbloqueable, el título técnicamente no es que sea un portento, es que parece ir descolgado en la presente generación. Y es que Splatterhouse no busca exprimir las capacidades técnicas de los sistemas, lo que busca es exprimir esa violencia y hacerla lo más burda y llamativa posible. Porque el videojuego se ríe de si mismo, es un triturador de vísceras que no cesa en ningún momento, y que a aparte de ello, no tiene mucho más.

Obviando que el juego ha sido censurado en varios países, y que ni la propia compañía le ha apoyado con un gran mimo en marketing, dejan claras las intenciones del bajo presupuesto utilizado para el juego y de su desarrollo casi en exclusiva para los viejos seguidores de la franquicia, intentando llamar por el camino la atención de las nuevas generaciones con la parafernalia sangrienta en su poder.

REPARTIENDO LITROS DE SANGRE

Estamos ante un beat´em´up directo, sin complicaciones, sin apenas ningún tipo de profundidad jugable. Aquí seremos el pobre Rick Taylor, un universitario que tiene como novia a una hermosa mujer llamada Jennifer. Como se nos tiene acostumbrados en esas películas de serie B, el argumento es tan vago que es simplemente una excusa para lanzar la propuesta. Sí ya de por sí toda la exposición es una oda al ridículo -intencionado por el equipo al cargo- la trama que nos muestra la introducción -y sucesivos diarios que descubriremos- no ofrece nada destacable.

De vuelta a la mansión West, nuestro Rick está agonizando en el suelo tras ser abatido por las criaturas del científico loco, que no es más que un profesor de la universidad. El loco científico de tonto no tiene nada y secuestra a la bella novia de Rick para experimentar con ella. En un claro guiño a Jason Voorhees en Viernes 13 se nos aparece una máscara que convierte al delgado estudiante Rick en una masa de músculos sediento de sangre.

Así da comienzo el particular modo historia, recorriendo estancias en la mansión mientras pintamos la pantalla y el lugar de fluido rojo y de brazos, piernas, cabezas y todas esas vísceras que Rick, con un solo golpe sabe amputar. El juego es, en resumidas cuentas, un avance, eliminación de enemigos, punto de guardado, y vuelta a empezar. No hay mucho más. Para los jugadores que no se sientan atraídos por su violencia exagerada gratuita, no encontrarán nada destacable en Splatterhouse. El juego es tan repetitivo que no esperas encontrarte con ningún tipo de sorpresa.

Cierto, hay algunos sencillos puzles que simplemente tratan de eliminar contrarreloj a ciertos enemigos, activar alguna palanca perdida o encontrar ciertos ítems, pero es algo que se puede realizar sin apenas pararse a pensarlo. La dificultad de Splatterhouse viene determinada por el juego en sí, que es bastante complicado en los tres niveles de destreza disponibles. La barra del pobre Rick sufre continuos bajones por los golpes de los amorfos enemigos, y su recuperación es algo que lleva su tiempo. Así, perderemos multitud de vidas una y otra vez al ir pasando de una zona a otra.

Por suerte, hay muchísimos puntos de guardado automático que nos harán empezar desde ese lugar cada vez que perdamos la vida, con lo que la repetición de parámetros del juego se potencia con una nueva repetición en reintentar los niveles.

¿Qué más podremos hacer en el peregrinaje de Rick en busca de su novia? Podremos conseguir cintas de audio y fotografías con Jenniffer completamente desnuda, para así intentar conseguir el 100% del juego, algo muy complicado de realizar. Para dar algo más de variedad al avance, que es sumamente demoledor en frustración, se nos ofrecen fases en jugabilidad en 2D que nos van a recordar más a los juegos clásicos. Estas fases, para variar, son del tipo acierto-error, con un Rick que será mutilado, empalado y lanzado por precipicios por las características del nivel, teniendo que repetir en bastantes ocasiones una y otra vez estas fases hasta que nos las sepamos de memoria.

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David Hernández 01 | 12 | 2010