Ninja Gaiden 3: Razor’s Edge es la excepción que confirma la regla. Sí, los primeros meses de Wii U están siendo copados por conversiones injustificadas, pero dicha tendencia ha permitido que los fans de Ryu Hayabusa puedan cerrar su nueva trilogía como merece.

Por todos es sabido que Ninja Gaiden 3 decepcionó en PlayStation 3 y Xbox 360 el pasado marzo. Aún siendo un juego notable, distaba de la excelencia a que Tomonobu Itagaki nos tenía acostumbrados. Razor’s Edge nos llega así cual mea culpa por parte del Team Ninja, el juego que Ninja Gaiden 3 debió haber sido desde el principio (en la medida en que ha podido mejorarse una base para muchos deficitaria).

Una historia que contar

La trama de Razor’s Edge resulta un tanto chocante, para qué nos vamos a engañar, si bien hemos de dar gracias porque se haya dotado al juego de profundidad argumental en comparación a la irrisoria narrativa de Ninja Gaiden y Ninja Gaiden 2. Estamos ante la entrega con mayor número de secuencias cinemáticas, giros de guión y diálogos.

El gobierno nipón informa a Ryu de un ataque terrorista en Londres, siendo su presencia la única exigencia de los responsables. Ni corto ni perezoso, Hayabusa llega a la capital británica dispuesto a finiquitar la amenaza, a manos de un misterioso personaje enmascarado. Su primer encuentro culmina con la maldición del protagonista, cuya espada se fusiona con su brazo inoculándole cual virus la sangre de cuantos enemigos ha derramado a lo largo de los años.

Serán varias las urbes que visitaremos a lo largo de la aventura, con la excusa de parar los pies al Regente de la Máscara y deshacer una maldición que irá consumiéndonos (y variando nuestras habilidades) poco a poco. Amén de nuestra compañera, Razor’s Edge introduce cual cameos a viejos conocidos de la trilogía original (en NES), lo cual entusiasmará a los jugadores veteranos.

A este respecto y como primera novedad de importancia, Ninja Gaiden 3 para Wii U añade fases adicionales protagonizadas por Ayane, las cuales aportan una muy necesaria variedad al desarrollo. Y es que el juego sigue resultando monótono en ocasiones, dado que ha perdido en variedad de armas y ninpos con respecto a las entregas anteriores. El número de habilidades a ejecutar es de lo más cuantioso, eso sí, siendo imprescindible su dominio para salir victorioso de las refriegas.

El verdadero reto

Se han perdido también las livianas secciones de exploración a que nos acostumbró Itagaki, limitándose la jugabilidad a noquear hordas de enemigos de una sección a otra. Estos han ganado en fiereza con respecto a Xbox 360 y PlayStation 3, mostrándose implacables en el cuerpo a cuerpo. Poco duraremos en pie si nos limitamos a pulsar botones sin ton ni son. Hemos de aprender a cubrirnos, esquivar casi constantemente y asestar el golpe decisivo en el momento justo, para lo cual contamos con tres botones de ataque, el habitual de salto y los concernientes al armamento secundario, limitado a un arco.

Las tres modalidades de dificultad, especialmente Héroe (fácil, para los amigos) suponen ahora un mayor reto, aunque sin llegar a desesperar. En resumidas cuentas, dado que cada fase se limita a incesantes oleadas de enemigos durante una media de 30 minutos, uno puede acabar un tanto saturado de machacar botones. No hay mejoras de armamento que valgan o puedan variar el estilo de combate y eso acaba pesando, por lo que será habitual el que juguéis no más de un nivel por sentada.

Controlar a un ninja

Y ya que hablamos de machacar botones, recomendar encarecidamente que os hagáis con el Controlador Pro de Wii U, pues aunque el juego con GamePad es relativamente cómodo al principio, su esquema de control es incómodo a largo plazo. Llegamos así a la tercera novedad de peso en Razor’s Edge: la posibilidad de apagar el televisor y seguir jugando desde el GamePad, pudiendo ajustar varios parámetros para que la imagen (sin pérdida alguna de calidad o fluidez) se amolde a nuestras preferencias. Es una gozada repartir estopa con Ryu desde la cama o el baño. Esa etérea sensación de tener entre manos una portátil tan capaz como la última consola de sobremesa, no tiene precio.

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Mientras no juguemos desde el GamePad, así mismo, podremos usarlo para fines menores como cambiar de arma, desbloquear habilidades o activar ninpos. Culminada la campaña principal, en torno a las 10 horas de duración para los menos duchos, nos queda la opción de recorrer los niveles de forma independiente, en pos de los mejores tiempo y puntuación. También el multijugador, más anecdótico que otra cosa, donde encontramos las Batallas de Clan (unirnos a otros jugadores para combatir al equipo rival) y las Pruebas Ninja, fases que recorrer en solitario o junto a otro jugador cumpliendo determinadas misiones.

Sangre nueva

A nivel técnico estamos ante la mejor versión, sin ningún género de dudas. No es un apartado gráfico de vanguardia, pero la recreación de personajes y escenarios es lo suficientemente nítida y detallada, sin defectos gráficos evidentes más allá de algunas texturas. Así mismo, Razor’s Edge recupera la profusión sanguínea de Ninja Gaiden 2, no solo con mayores dosis de fluidos en pantalla, también trayendo de vuelta los desmembramientos.

Por desgracia, la errática cámara no ha mejorado. A veces resulta difícil seguir la pista a Ryu pues esta escoge la disposición menos lógica, dejándonos vendidos unos segundos en los momentos más frenéticos del combate. Esto, a la hora de encarar a los temibles (y originales) jefes finales, llega a resultar frustrante, por no hablar de algún que otro Quick Time Event, ubicado en el peor momento posible.

Lo que no desmerece es la velocidad y fluidez constante, condiciones sine qua non para un título de estas características. Respecto al doblaje, nos ha parecido correcto sin más en su vertiente inglesa, siendo preferible optar por el original japonés. Por su parte, la banda sonora es quizás el aspecto más apegado a la tradición de la serie, con melodías vibrantes, épicas, que acompañan perfectamente a la acción.

NINJA GAIDEN 3: RAZOR’S EDGE-ÍNDICE

PÁGINA 1 – Análisis.

PÁGINA 2 – Conclusiones.

José Carlos Castillo 21 | 01 | 2013